Un cielo nublado fue lo primero que vi, a pesar de esto hacía mucho calor. Sentí la arena con mis manos y escuche el ruido de las olas romperse cada vez que chocaban con la costa.

“Estoy en un sueño”

Lo primero que delató la situación fue que yo vivo en una de las ciudades más frías del país y que está a 2000 metros sobre el nivel del mar. Lo segundo fue que al levantarme pude ver que el agua era rosa.

“Estoy soñando, pero no es mi sueño”

De cierta manera lo era y no lo era a la vez. O tal vez después de todo no era un sueño, me sentía consciente, pero claro, cuando uno sueña no puede distinguir lo real de lo ficticio.

“Se siente tan real”

Decidí seguir caminando, si ya estaba en un sueño que mejor que disfrutarlo, unos pájaros parecidos a un quetzal volaban sobre las aguas rosadas, su color me invito a tomar un trago de ellas. Mi ingenuidad me hizo creer que el agua sabría dulce como un refresco, lamentablemente terminé con la lengua escaldada por la sal que contenía.

Después de eso continué recorriendo la playa. Algo no andaba bien. Me sentía preocupada, y me afectaba más el hecho de que me sintiera ajena al lugar. No porque estuviera toda tapada y con chamarra encima en un clima tropical, más bien que en este punto ya estaba completamente segura que yo no había creado este lugar. Entonces recordé lo que estaba haciendo antes de llegar a la playa.

Estaba en la calle, caminando con prisa. Es febrero. Temperatura mínima. La calle está llena de gente, parejas abrazándose y hay corazones por doquier. Llevo un regalo en la mano, es para una amiga. Empiezo a correr, va arrancar el camión al que me tengo que subir. Corro más rápido, más rápido. Negro. Nada, no veo nada. Abro los ojos, leo “Próximamente en julio. Plaza Milenia. En construcción”. Se desvanece todo.

“¡¿Qué paso?!”

Como si no fuera suficiente, me doy cuenta que no estoy sola. Bajando del cielo veo dos personas montadas en algo parecido al prototipo de helicóptero que Leonardo DaVinci. Eran dos mujeres, vestidas con colores chillones y con plumas en la cabeza.

“No las veas a los ojos” me dijo una voz un tanto ronca.

“¿Quién dijo eso?”

“No lo hagas, ¡corre!”

En estos casos no te detienes a pensar las cosas, así que ni modo, le hice caso a la voz y corrí. Voltee a mi derecha y vi las pisadas dejadas del ser invisible, quien ya me estaba rebasando. Vi detrás de mí, el helicóptero estaba acercándose cada vez más.

“¡¿Por qué nunca hice caso en Educación Física?!”

“¡Viene una ola!” me indico el Sr. Invisible “Ahorita te metes al mar y deja que la ola te lleve”

“¡No sé nadar!”

“¡No te va a pasar nada!”

“No es un sueño, es una pesadilla”

“¡Ya!”

Y así fue que el Sr. Invisible me empujó, y termine en medio de un remolino de color rosa. Todo daba vueltas y sentía como tragaba agua. Mientras esto sucedía, pensaba en despertar justo antes de ahogarme, cómo me urgía despertar en mi cama dando el típico brinco de siempre  cuando me caigo en un sueño. Sin embargo, no pasó. Lo que sucedió fue que luego de la peor sacudida de mi vida y tragar medio litro de agua marina rosa, reboté contra algo plástico.

“¡Niña! ¿Estás bien?” me dijo la voz misteriosa, y en este momento ya podía ver a su dueño: era un viejito, con un impermeable de pescador de color naranja y  pies descalzos y con mucho vello. “¿Ves como no te ahogaste? Te veías bien chistosa dando de vueltas y vueltas en la ola” Simpático el señor.

“¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?” Si para este momento no estaba histérica es porque tendría nervios  de acero, pero no los tengo.

“Soy Moe B. Dick y estás en mi burbuja” y efectivamente, estaba dentro de una burbuja, casi tan grande como un coche. El viejo la controlaba como si fuera un barco, en medio había un timón transparente. Pero no era de mi prioridad fascinarme ante lo maravilloso e increíble del asunto

“¡Ese es el nombre más falso que he escuchado! Y más bien era ¿en qué parte del mapa estoy? ¿Y cómo llegue aquí? Estoy soñando ¿verdad?”

“Oye niña no te metas con mi nombre, para empezar ni lo escogí, y deberías estar besándome las patas peludas después de salvarte la vida de las suripantas, pero bueno, te doy chance porque eres nueva y porque yo soy bien buena onda.” Terminando su frase escupió y su saliva atravesó la burbuja, aparte de simpático, fino.

Dejó atorado el timón, se acercó a mí y observé su cara llena de arrugas, tenía una barba canosa que no crecía pareja y unas cejas muy tupidas. Sus ojos eran de un azul turquesa demasiado artificial. Su mirada era empática y triste, me iba dar malas noticias, algo que tal vez en el fondo ya sabía “Estás en el Mar Escarlata, y apareciste en la Isla Melusina del Mundo de los Sueños, pero tú no estás soñando niña, tú estás en coma.” Sentí como si cayera a un abismo

“No, no, ¿por qué me pasó esto? ¿Y qué me va a pasar? ¿Cuándo voy a despertar?”

“No lo sé, pueden ser días, meses, quien sabe, lo importante ahorita es que te mantengas viva, no te dejes atrapar por alguna pesadilla o por la oscuridad misma”

No lloré, aun así me sentí del asco. Me dolía la cabeza, un ladrillo me había caído encima, sólo esto me pasa a mí. La melancolía poco a poco se desvaneció cuando, ahora sí, noté lo que había alrededor de la burbuja. Peces de diversos colores y tamaños, monstruos marinos como el del Lago Ness, buzos usando trajes antiguos que los hacían ver como astronautas, sirenas y otras criaturas que no las puedes describir con las palabras, son de esas cosas que necesitas ver con tus propios ojos para poder creerlas. De cierto modo, eso me tranquilizó, me dio esperanza y el deseo de quedarme en el Mundo de los Sueños un rato más, ¡qué tan extenso y variado podría ser este mundo!

“¿Cómo te llamas niña?” Me preguntó Moe, interrumpiendo mi trance.

“Lucy… Perdón por molestarlo con su nombre”

“Está bien niña, ni siquiera sé si es mi verdadero nombre, así se me quedó después de estar en un sueño.”

“¿Tú estás en coma?”

“No, yo creo que alguien me imaginó y aparecí”

“¿Sabes que le pasa a los que no salen del coma?”

“No, yo que tú no me preocupaba, vas a despertar Lucy, yo he conocido a muchos que vienen y van y, y, y no es tan malo aquí, es el Mundo de los Sueños después de todo. ¡Lo imposible es real!”

Para una soñadora eso no sonaba tan mal, y por más excéntrico que fuera mi anfitrión, me inspiraba confianza. No quería saber el lugar al que Moe se dirigía, sólo observaba el mundo a través de la burbuja y me daba cuenta que mi aventura apenas comenzaba, tal vez era erróneo pensar así, no obstante la idea de escapar un rato de la realidad era demasiado buena para ser verdad, más tarde me daría cuenta que uno no puede escapar de la realidad tan fácilmente.

La burbuja se empezó a elevar y salió a la superficie, el Mar Escarlata quedaba debajo de nosotros, el cielo estaba despejado y el atardecer coronaba el horizonte. Quizá fue el destino que ese ladrillo me cayera en la cabeza, quizá fue la ley de Murphy, igual de predestinado fue que Moe se apiadara de mí y me aventara al mar, quien sabe, lo interesante era que por primera vez salía de mi burbuja de seguridad e ingresaba a una que volaba en la tierra donde lo increíble es realidad.